Entendiendo a la cultura como una poderosa herramienta de inclusión social y de construcción de ciudadanía nunca deja de sorprender cómo se la soslaya en tiempos electorales. No forma parte del discurso de los candidatos y mucho menos se anticipa cuáles serían las políticas que implementarían en caso de ser elegidos. Tal vez piensen que no es un terreno que les sume al momento de proyectar las votos; puede que lo vean como algo lejano, hasta “de nicho”; o que simplemente no sea un tema que los preocupe (y mucho menos que los ocupe). Hasta da la sensación de que cultura puede sonarles a mala palabra, a medio camino entre la frivolidad, el acartonamiento y lo elitista. Todos lugares comunes construidos a base de prejuicios, que no deja de ser ignorancia. Lo concreto es que de cultura no están hablando quienes aspiran a cargos ejecutivos o legislativos.

“La cultura contribuye de manera positiva y eficaz, a través de estrategias y acciones que contemplan el desarrollo social y económico inclusivo, a la sostenibilidad medioambiental, la convivencia, la cohesión social, la paz y la seguridad”. Es un buen punto de partida para que los candidatos inicien un proceso de aprendizaje acerca de por qué es tan importante subirse a este tren. El enunciado pertenece al plan de Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), un compromiso asumido por la comunidad internacional en el seno de las Naciones Unidas y en el que Tucumán viene trabajando en silencio, en la medida que las posibilidades económicas lo permiten.

“El desarrollo no es sostenible si no contempla e incorpora adecuadamente la dimensión cultural. La sostenibilidad está basada en tres ámbitos prioritarios: el social, el medioambiental y el económico, pero este modelo se encuentra incompleto si no se considera a la cultura como el cuarto pilar del desarrollo”, apuntan los ODS. En este sentido la cultura funciona como un puente que enlaza los ecosistemas humanos y naturales. Determina, en esencia, cómo nos relacionamos entre nosotros y con el mundo que nos rodea. ¿Cómo no hacer eje en su importancia al momento de articular una propuesta -ya no digamos una plataforma- política? En síntesis; habitamos una cultura pero no nos ocupamos de ella.

A los candidatos les encanta apelar a la emocionalidad para llegarles a los auditorios de turno, y en su bolsa de trucos jamás falta una mención a la tucumanidad. Tal vez no tengan muy claro en qué consistiría algo así como un “ser tucumano”, pero lo que buscan es algún rasgo de identidad que le dé un sentido a su discurso. Aquí cabe subrayar que cultura e identidad son inseparables; que la identidad cultural no deja de ser un espacio de reflexión acerca de lo que nos constituye como individuos y como sociedad. Hay un Tucumán cultural profundo y riquísimo en el que se leen nuestra historia y nuestro presente; la plataforma para edificar lo que vendrá. Un patrimonio que son dos -el tangible y el intangible- en permanente transformación y siempre necesitado de vigas que lo apuntalen. Entre esas vigas figuran las políticas de Estado, justamente las que ni siquiera se están escuchando con la forma de promesas de campaña.

Así como se reclama de los candidatos una serie de definiciones sobre cuestiones sociales, económicas, educativas, sanitarias o referidas a la seguridad ciudadana, también es tiempo de pedirles certezas referidas a su concepto de identidad cultural y a las políticas que proyectan para el área. De lo que respondan podrá deducirse, por ejemplo, qué piensan realmente sobre esa tucumanidad que tanto promueven. Y, sobre todo, cómo la consolidarán de aquí en adelante.